El autor novel frente a su obra

Consejos para autores noveles. La reflexión

Consejos para autores noveles. La reflexiónTal vez uno de los consejos para autores noveles más repetidos es el de pensar su obra, antes, durante, y sobre todo, después de haberla escrito.

Pensar la obra no es sino considerarla en todas sus dimensiones, en todo su alcance, en todo su impacto. Y para ello nada mejor que dejarle un tiempo de maduración.

Si tomamos por bueno que una obra no se termina (¡ni mucho menos!) cuando ponemos la palabra «fin», sino que en tal momento nos encontramos, como quien dice, al principio del trabajo, estaremos en vías de comprender mejor nuestra propia obra.

De igual modo que una planta aún no existe por el simple hecho de haber plantado la semilla; una novela, tras ese aparente final, debe ser regada y mimada, releída y revisitada tantas veces como considere su autor, y lo hará más en la medida en que respete a sus lectores. Todo dentro de unos límites, eso sí.

Tal vez la primera pregunta que se haga el autor tras una primera relectura, sea la de si ha conseguido plasmar aquella primera motivación que lo empujó a escribirla.

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La poesía no es un escaparate

La poesía no es un escaparate
La poesía no es un escaparate

La poesía no es un escaparate, así que si quieres lucir tipo o enseñar al mundo tu dominio circense de las palabras mejor dedícate a otra cosa; hazte monologuista o modelo de alta costura. Las dos cosas a la vez te garantizan un éxito tan esplendoroso como inane, insustancial y breve.

Os propongo una cita y después una serie de reflexiones a partir de ella. Mi intención es hacer ver al poeta que la autenticidad no tiene nada que ver con la novedad o con lo novedoso.

«Recuerdo un verso de Parra, de sus artefactos: por complacer a mis superiores. Me recuerda a la poesía que se escribe en estos momentos, a la crítica que se hace en estos momentos. Todo es para complacer a ellos, nunca para alimentar a la literatura. Donde no hay literatura no existe la justificación». Javier Sánchez Menéndez, El libro de los indolentes (Sobre la poesía).

Pero quiénes son ellos. Tenemos a los editores, a los lectores y a la idea deformada que tenga el autor de ellos. Porque algunos al escribir tienden a jugar al doctor Frankenstein, a ensamblar a su lector ideal y escribir para él.

Este procedimiento puede entenderse, que no disculparse, en alguien que quiere vender novelas como churros y tiene que ponerse a la tarea de urdir una obra con alto contenido en fibra (y bajo en músculo), que sea digestible para todos los estómagos, hasta para los que sólo han visto las letras en la sopa. Pero para escribir poesía no podemos caer en esa tentación. Primero porque pocos, muy pocos poetas han conseguido vivir de su obra, así que queda descartado actuar con complacencia para ganar dinero; y segundo, porque la calidad de la poesía siempre se ve afectada si se crea desde la falta de sinceridad, desde el deseo de que guste a muchos.

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